EL
USURPADOR DE MENTES
Cada
día me sacaba más de quicio verlo allí sentado con el móvil en la mano
haciendo caso omiso de lo que yo tuviera que decir. Quizá mi conversación fuera
aburrida. Quizá mirarme a los ojos para escudriñar los pensamientos escondidos
tras mis pupilas dejó de resultarle un misterio atractivo. La cuestión fue que
con mayor frecuencia nuestras citas se fueron relegando a conversaciones vanas cada
vez más aburridas.
Me
di cuenta demasiado tarde de la realidad que soportaba aquel comportamiento que
en primera instancia califiqué de mala educación.
Pero
Marco no era así. No cuando nos conocimos.
Gustaba
de apagar su dispositivo para que nadie de la empresa le molestara en su tiempo
libre. Tampoco deseaba que ningún amigo le propusiera plan alguno, pues decía
que el tiempo que me dedicaba debía ser exclusivamente para mí. Algo que, por
supuesto, me enamoraba aún más.
Yo
empecé a realizar la misma operación para que nuestros encuentros fueran íntimos
y absolutamente nada ni nadie perturbara nuestro afer.
Dialogábamos
absolutamente de todo. A tenor de darnos a conocer con lo más típico, que es
empezar por aquello que te encanta y acabar por definir aquello que aborreces, pronto
nos ensimismábamos en conversaciones más profundas donde se desgranaban
sentimientos ocultos. Así pude averiguar muchas de sus tragedias y él supo también
de mis heridas.
Éramos
dos almas desnudándonos en medio de una terraza, entre arbustos ornamentales,
bajo la sombra de un gran toldo y al deleite de un buen café o dos o más.
Llegó
la cita importante. La que ansias con cada célula que te compone. La que te
eriza la piel solo con imaginar cómo sería el primer roce fortuito, el primer
acercamiento peligroso. La sensación de querer tragar saliva y que los nervios
te lo impidan porque es tan grande el nudo en tu garganta que apenas si puedes
articular palabra.
Ambos
dilatábamos aquel encuentro tan esperado por vergüenza quizá, o tal vez que
ambos de mutuo acuerdo y sin saber lo que el otro pensaba, coincidíamos en la
sana intención de enamorarnos primero sin querer, para esperar con delicadeza
lo que tuviera que ocurrir. Ese maravilloso dejarse ser y que todo fluya. Nunca
lo sabré.
Pero
aquella noche yo intuí que era la noche. Algo que no puedo explicar me lo
chillaba. Tal vez porque inconscientemente llevábamos tiempo buscándolo y al
final lo que tu mente maquina sin querer se termina por cumplir.
La
velada fue maravillosa. No soy capaz de recordar gran cosa de aquella noche
porque al primer contacto de sus labios en los míos perdí toda noción de la realidad.
Y después llegó ese estallido de pasión tras ese beso que te arrebata la ropa y
sucumbes a una excitación incontrolada.
Después
los días se sucedían seductores y divertidos. No hallábamos el momento de
volvernos a ver. Dos tontos enamorados que se regalan cada pensamiento del día.
Una
tarde que nos citamos para al ir al teatro me contó emocionado que se había
comprado un nuevo móvil. No entendí tanta expectación en un nuevo dispositivo
que supuse que poseería mejores aplicaciones que el anterior. A tenor de
aquello, no dejaba de ser un teléfono con el que poder recibir y realizar llamadas,
pues nunca entendí que tuviera otro fin.
Siempre
fui reticente a su uso desorbitado pues creo que nos roba un tiempo precioso
para vivir, para reír, para compartir el mundo con los seres queridos. Quizá la
rara en toda esta historia fuera yo.
Muy
pronto aquel nuevo dispositivo ejerció una extraña influencia en mi amado que
cada día atendía con menor interés a mis palabras y quedarme desnuda ante sus
ojos ya no debía ser tan excitante como las gilipolleces que se estuvieran
publicando en cualquier red social del momento.
Me
estaba poniendo los cuernos con su móvil. Algo a todas luces absurdo. Pero poco
a poco me fui desencantando y no vi venir la terrible realidad que lo
amenazaba. Quizá hubiera podido salvarlo, pero entonces le resté importancia
pues, ¿quién en este mundo de locos no es un esclavo de su puto móvil? No me
resulto raro.
Una
noche mientras yo leía en la cama, y él, recostado a mi lado, continuaba
ensimismado con su nuevo móvil como de costumbre, sucedió algo increíblemente insólito que en aquel momento no pude interpretar.
Observé
cómo pequeñas motas azul cobalto apenas perceptibles para el ojo humano se proyectaban
desde el dispositivo hacia los ojos de mi amado, en un extraño haz luminoso, tenue
y casi invisible. Pero pensé que sería la propia luz que emitía la pantalla de
su móvil.
A
la mañana siguiente vi con espanto que sus ojos estaban poco a poco cambiando
de color y la expresión vivaz y humana de sus iris se mutaba en una mirada
muerta y vacía.
Cuando
llegué del trabajo por la tarde, comprobé con espanto que él no había cambiado siquiera
de postura. Llevaba el pijama puesto, sin asear y ¡no había ido a trabajar! La
bronca estalló en mitad del salón, pero él ya no me escuchaba. Sus ojos eran de
un azul cobalto brillante, metálico y artificial. Todo resquicio de humanidad
en aquel ser había desaparecido.
Empecé
a llorar primero de rabia, después de dolor. Me dirigí hacia él y le arranqué
el móvil de las manos para estamparlo contra la pared haciéndolo añicos. Pero ya
era demasiado tarde. El usurpador de mentes ya lo poseía.
Se
levantó lentamente y se dirigió a mí con los brazos extendidos y las manos abiertas.
Cuando llegó adonde me hallaba me agarró con violencia del cuello y empezó a
apretar tan fuerte que sentí cómo mis ojos acabarían por salirse de sus cuencas
y el aire no llegaba a mis pulmones.
En
medio de aquella agresión y en un desesperado intento por sobrevivir agarré una
pesada figura de alabastro que ornamentaba la mesa y le golpeé con todas las
fuerzas que aún me quedaban.
Cayó
al suelo desplomado. De su cabeza abierta brotaba un reguero de sangre que pronto
cubrió toda la tarima del salón. Horrorizada me agaché para auxiliarlo. En su última
exhalación abrió los ojos, que milagrosamente habían recuperado su color natural
y en un susurro ahogado dijo:
-
Gracias.
