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viernes, 15 de mayo de 2020

EL USURPADOR DE MENTES


EL USURPADOR DE MENTES
Cada día me sacaba más de quicio verlo allí sentado con el móvil en la mano haciendo caso omiso de lo que yo tuviera que decir. Quizá mi conversación fuera aburrida. Quizá mirarme a los ojos para escudriñar los pensamientos escondidos tras mis pupilas dejó de resultarle un misterio atractivo. La cuestión fue que con mayor frecuencia nuestras citas se fueron relegando a conversaciones vanas cada vez más aburridas.
Me di cuenta demasiado tarde de la realidad que soportaba aquel comportamiento que en primera instancia califiqué de mala educación.
Pero Marco no era así. No cuando nos conocimos.
Gustaba de apagar su dispositivo para que nadie de la empresa le molestara en su tiempo libre. Tampoco deseaba que ningún amigo le propusiera plan alguno, pues decía que el tiempo que me dedicaba debía ser exclusivamente para mí. Algo que, por supuesto, me enamoraba aún más.
Yo empecé a realizar la misma operación para que nuestros encuentros fueran íntimos y absolutamente nada ni nadie perturbara nuestro afer.
Dialogábamos absolutamente de todo. A tenor de darnos a conocer con lo más típico, que es empezar por aquello que te encanta y acabar por definir aquello que aborreces, pronto nos ensimismábamos en conversaciones más profundas donde se desgranaban sentimientos ocultos. Así pude averiguar muchas de sus tragedias y él supo también de mis heridas.
Éramos dos almas desnudándonos en medio de una terraza, entre arbustos ornamentales, bajo la sombra de un gran toldo y al deleite de un buen café o dos o más.
Llegó la cita importante. La que ansias con cada célula que te compone. La que te eriza la piel solo con imaginar cómo sería el primer roce fortuito, el primer acercamiento peligroso. La sensación de querer tragar saliva y que los nervios te lo impidan porque es tan grande el nudo en tu garganta que apenas si puedes articular palabra.
Ambos dilatábamos aquel encuentro tan esperado por vergüenza quizá, o tal vez que ambos de mutuo acuerdo y sin saber lo que el otro pensaba, coincidíamos en la sana intención de enamorarnos primero sin querer, para esperar con delicadeza lo que tuviera que ocurrir. Ese maravilloso dejarse ser y que todo fluya. Nunca lo sabré.
Pero aquella noche yo intuí que era la noche. Algo que no puedo explicar me lo chillaba. Tal vez porque inconscientemente llevábamos tiempo buscándolo y al final lo que tu mente maquina sin querer se termina por cumplir.
La velada fue maravillosa. No soy capaz de recordar gran cosa de aquella noche porque al primer contacto de sus labios en los míos perdí toda noción de la realidad. Y después llegó ese estallido de pasión tras ese beso que te arrebata la ropa y sucumbes a una excitación incontrolada.
Después los días se sucedían seductores y divertidos. No hallábamos el momento de volvernos a ver. Dos tontos enamorados que se regalan cada pensamiento del día.
Una tarde que nos citamos para al ir al teatro me contó emocionado que se había comprado un nuevo móvil. No entendí tanta expectación en un nuevo dispositivo que supuse que poseería mejores aplicaciones que el anterior. A tenor de aquello, no dejaba de ser un teléfono con el que poder recibir y realizar llamadas, pues nunca entendí que tuviera otro fin.
Siempre fui reticente a su uso desorbitado pues creo que nos roba un tiempo precioso para vivir, para reír, para compartir el mundo con los seres queridos. Quizá la rara en toda esta historia fuera yo.
Muy pronto aquel nuevo dispositivo ejerció una extraña influencia en mi amado que cada día atendía con menor interés a mis palabras y quedarme desnuda ante sus ojos ya no debía ser tan excitante como las gilipolleces que se estuvieran publicando en cualquier red social del momento.
Me estaba poniendo los cuernos con su móvil. Algo a todas luces absurdo. Pero poco a poco me fui desencantando y no vi venir la terrible realidad que lo amenazaba. Quizá hubiera podido salvarlo, pero entonces le resté importancia pues, ¿quién en este mundo de locos no es un esclavo de su puto móvil? No me resulto raro.
Una noche mientras yo leía en la cama, y él, recostado a mi lado, continuaba ensimismado con su nuevo móvil como de costumbre, sucedió algo increíblemente insólito que en aquel momento no pude interpretar.
Observé cómo pequeñas motas azul cobalto apenas perceptibles para el ojo humano se proyectaban desde el dispositivo hacia los ojos de mi amado, en un extraño haz luminoso, tenue y casi invisible. Pero pensé que sería la propia luz que emitía la pantalla de su móvil.
A la mañana siguiente vi con espanto que sus ojos estaban poco a poco cambiando de color y la expresión vivaz y humana de sus iris se mutaba en una mirada muerta y vacía.
Cuando llegué del trabajo por la tarde, comprobé con espanto que él no había cambiado siquiera de postura. Llevaba el pijama puesto, sin asear y ¡no había ido a trabajar! La bronca estalló en mitad del salón, pero él ya no me escuchaba. Sus ojos eran de un azul cobalto brillante, metálico y artificial. Todo resquicio de humanidad en aquel ser había desaparecido.
Empecé a llorar primero de rabia, después de dolor. Me dirigí hacia él y le arranqué el móvil de las manos para estamparlo contra la pared haciéndolo añicos. Pero ya era demasiado tarde. El usurpador de mentes ya lo poseía.
Se levantó lentamente y se dirigió a mí con los brazos extendidos y las manos abiertas. Cuando llegó adonde me hallaba me agarró con violencia del cuello y empezó a apretar tan fuerte que sentí cómo mis ojos acabarían por salirse de sus cuencas y el aire no llegaba a mis pulmones.
En medio de aquella agresión y en un desesperado intento por sobrevivir agarré una pesada figura de alabastro que ornamentaba la mesa y le golpeé con todas las fuerzas que aún me quedaban.
Cayó al suelo desplomado. De su cabeza abierta brotaba un reguero de sangre que pronto cubrió toda la tarima del salón. Horrorizada me agaché para auxiliarlo. En su última exhalación abrió los ojos, que milagrosamente habían recuperado su color natural y en un susurro ahogado dijo:
-          Gracias.