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sábado, 23 de mayo de 2020

EL PEQUEÑO GUARDIÁN DE LA GRAN PUERTA


Tumbado a los pies de la cama de la señora Rodrigo se atusaba las patas con la pasmosa tranquilidad de quien no cede a la prisa. Lamía sus mullidas patitas delanteras y se restregaba la cara y los bigotes en unos movimientos circulares precisos y bien definidos. Debía estar bien aseado para despedirse de la señora Rodrigo.
Con el porte de una esfinge colosal y solemne aguardaba el momento de verla partir en un haz de luz. Entonces habría llegado la hora de volver a marcharse, pero solo entonces, ni un minuto antes, ni un minuto después. El instante era imperativo y de una importancia vital.
Para quienes no entienden el complejo mundo de las sombras ni su funcionamiento aquel hecho, mal ejecutado, podría acarrear graves consecuencias para el viajante y sus descendientes.
La señora Rodrigo hacía unos minutos que había exhalado un resuello moribundo. ¡He ahí la señal! Pensó el animal. ¡Reposaré a los pies de su cama hasta que emerja el haz luminoso! Y así lo hizo. De repente un millón de motas de polvo destellantes como purpurina plateada suspendidas en el aire saturaron la estancia hasta desaparecer.
El gato, con su impasibilidad acostumbrada, saltó del lecho y se dirigió hacia la puerta principal que daba a la salida. No pudo determinar por cuánto tiempo se demoró la asistencia, pero allí, como una figura inmutable de cerámica, sentado sobre sus peludas patas traseras y meneando el profuso rabo blanco, observaba el picaporte de la puerta a la espera de que algún leve movimiento le indicara que iba a ser abierta inminentemente.
Caminaba lento y majestuoso por la avenida cuando a lo lejos oyó el lamento quejumbroso de los vivos cuando se despiden de los muertos. Inmutable prosiguió por las calles cargadas del bullicio acostumbrado. Los viandantes deambulaban por las aceras esquivándose entre sí, con cara de pocos amigos y mucho sueño, domeñados por un estrés que, como un asesino sigiloso, les iba empequeñeciendo sin que repararan en sus metódicas y tristes vidas. ¡Cómo el mundo no cambie pronto me va a desbordar el trabajo! ¡Miauuuu! Se quejó, pero ni un solo humano se percató de su presencia.
Las calzadas estaban abarrotadas de coches apilados expulsando un humo gris que le provocaba una tos nerviosa y repetitiva fruto de la toxicidad. Emitían unos sonidos redundantes y estridentes que el agudo oído felino no soportaba. Así que vencido por el desastroso mundo urbano del ser humano decidió apresurar su trote para llegar antes a su siguiente destino.
Vio un pequeño ventanuco abierto y saltó para introducirse en el interior de la nueva casa. Realizó el habitual reconocimiento de todo el nuevo domicilio como el antediluviano ritual que llevaba, ni sabía el tiempo, practicando. Todo estaba correcto y el olor agrío y avinagrado, imperceptible para el olfato humano, empezaba a despedir sus primeros brotes aromáticos. No era un olor nauseabundo, sino raro, antinatural, preludio de que la Gran Puerta pronto se abriría. Había llegado por fin a su nuevo destino.
Se acomodó en la habitación donde el olor parecía ser más intenso. Sobre la mullida cama acolchada cubierta de un calentito nórdico con mil muñecos de colores vivos y estridentes se quedó plácidamente dormido.
-          ¡Izan! ¡No corras! Ya sabes lo que dijeron los médicos.
-          ¡Vale, Mamá! – contestó Izan mientras corría hacia su cuarto haciendo caso omiso de la advertencia de Mamá.
Entró como cien soldados aporrean el suelo con sus botas pesadas y contundentes. El gato se despertó sobresaltado y emitiendo un maullido delicado y quejumbroso. Miró a Izan y volvió a recostarse panza arriba moviendo las patitas delanteras como si pedaleara sobre una bici imaginaria provocando una risa nerviosa en el niño.
-          ¡Hay un precioso gatito en mi cama! ¡Mamá! ¿Es mío este gatito precioso? ¿Me lo puedo quedar? ¡Por fiiiiiii!
-          ¡Un gato! ¿Cómo un gato? ¡Esto seguro que es una ocurrencia de tu padre!
-          ¿Me lo puedo quedar? ¿Sí?
-          Primero hablaremos con tu padre cuando regrese, ¿de acuerdo?
Izan voló de nuevo a su habitación y enganchó al perezoso gato que ya se había vuelto a dormir sobre su cama y lo estrujó contra su pecho en un abrazo de amor que empalagaba tanto al animal que se retorcía y maullaba en vanos intentos de zafarse de su nuevo dueño. ¡Este nuevo amo no me va a dejar vivir! ¡Miauuuu! Se quejó el gato, pero ningún humano en toda la casa se percató de sus palabras.
Izan ya se había envuelto entre el cálido nórdico de muñecos de colores estridentes y vivos abrazado a su nuevo peludo amigo. Papá se retrasaba y su hora exacta de ir a dormir nunca era una tediosa norma que pudiera incumplir alegremente. Pero todavía no se había dormido, emocionado aún por los nervios de tener un gatito como compañero, cuando a oyó a sus padres discutir entre susurros en un estúpido esfuerzo por no despertarlo.
-          Yo no he comprado un gato. ¡Oh! ¡Vamos! Se cuela un gato en casa y ¿la culpa es mía?
La voz fuerte y grave de Papá se escuchaba perfectamente, pero no así la voz dulce y melódica de Mamá, así que Izan solo atinaba a interpretar la conversación con la mitad de la información.
-          Bueno, a lo mejor un animal en casa le reporta algún beneficio. No hace ni cuatro horas que os encontrasteis con el gato y ya se ha encariñado con él lo bastante como para decirle que no se lo puede quedar. ¿Qué mal puede hacerle?
-          (susurros)
-          Sí, sí ya sé que al final su cuidado va a ser otra carga para ti. Le diremos que solo podrá quedarse con él si se hace cargo de sus cuidados.
-          (susurros)
-          ¡Oh, Vamos! ¡Verónica! A Izan le hará muy feliz, qué mejor regalo podríamos hacerle, ¡eh?
Los días transcurrían alegres y divertidos para Izan y el gato que pronto desarrollaron un vínculo muy especial. Las risas de Izan colmaban toda la casa de una algarabía impropia de las nuevas circunstancias, así que, para sus padres, aquel hecho era toda una bendición, un regalo caído de la estrella más brillante y hermosa del negro infinito.
El gato por su parte vivió aquellos días con gran calma, bien cuidado y muy bien alimentado lamentaría profundamente tenerse que marchar pronto de aquel plácido hogar. Aunque era arisco a la hora de expresar sus sentimientos no cabía duda de que, contra todo pronóstico, se había encariñado profundamente con el niño.
Un día, sin hallar explicación alguna a tan extraño hecho, Izan y sus padres desaparecieron de la casa durante algunas jornadas indeterminadas. Se les olvidó dejarle comida y limpiar las caquitas enterradas en la arena de la caja. Así que el gato se vio obligado a salir cada noche, a cazar y a defecar, a la espera de que sus nuevos dueños regresaran pronto.
Volvía con los primeros albores de la madrugada cuando vio la luz del cuarto de Izan encendida. Aquel hecho aceleró su majestuoso y vago caminar en un trote veloz, como una bola de pelo blanco fugaz se plantó enseguida sobre el nórdico de muñecos de colores estridentes y vivaces.
Izan dormitaba tranquilo dentro de su lecho mullido y calentito. El gato anduvo por el terreno acolchado con suma delicadeza y se hizo un ovillo tan cerca del niño que escuchaba su pequeño corazón latir despacito.
A lo lejos escuchó apesadumbrado el llanto silencioso de los padres de Izan. El momento se acercaba con mayor celeridad de la que imaginó en primera instancia.
Tumbado a los pies de la cama del niño Izan se atusaba las patas con la pasmosa tranquilidad de quien no cede a la prisa. Lamía sus mullidas patitas delanteras y se restregaba la cara y los bigotes en unos movimientos circulares precisos y bien definidos. Debía estar bien aseado para despedirse del niño Izan.
Con el porte de una esfinge colosal y solemne aguardaba el momento de verlo partir en un haz de luz. De pronto un millar de motas plateadas se materializaron ante sus ojos verdes cuyas pupilas se habían dilatado tanto que no dejaban apenas espacio para aquellos preciosos iris esmeralda.
-          ¡Hola Izan!
-          ¡Hola Gato! ¿Te puedo escuchar? ¿Cómo es que te puedo escuchar?
-          A veces justo antes de que se abra la Gran Puerta me permiten despedirme del Viajero si ha resultado ser especial para mí.
-          ¿Y yo he sido especial para ti?
-          ¡Oh, sí, Izan! El más especial de todos.
-          ¿Te quedarás hasta que me vaya?
-          ¡Claro! Es por ello que estoy aquí. Esa es mi función.
-          ¿Cuál?
-          Soy el Pequeño Guardián de la Gran Puerta y vigilo que las sombras tenebrosas no intenten raptar a los Seres de Luz.
-          ¿Yo Soy un Ser de Luz?
-          Sí, Izan, eres el mejor Ser de Luz.
-          Creo que ya tengo que marcharme, Gato.
-          Sí, ya debes marcharte.
-          Te quiero mucho Pequeño Guardián de la Gran Puerta.
-          Y yo a ti, Izan, el Gran Ser de Luz.
Caminaba lento y majestuoso por la avenida cuando a lo lejos oyó el lamento quejumbroso de los vivos cuando se despiden de los muertos. Inmutable prosiguió por las calles cargadas del bullicio acostumbrado. Aquella vez sintió una extraña sensación nunca experimentada, algo que pudo determinar como nostalgia, esa profunda añoranza que se perpetua en un corazón cuando un ser querido se va.



domingo, 17 de mayo de 2020

MEDEINA

MEDEINA

Medeina vivía recluida en las lejanas montañas donde nadie iba. Aquellas alejadas tierras soportaban demasiadas extrañas y misteriosas leyendas que ningún ciudadano de la ciudad deseaba descubrir. Desde los tiempos antiguos se decía que oscuros poderes moraban sus bosques.
Medeina ajena al capricho de la superchería vivía alejada del mundo cual los vetustos anacoretas que narraban los libros de historia. Sobrevivía del fuego y de lo que la naturaleza le regalara. Sin atisbo alguno de tecnología, al margen de toda ley, norma o precepto, se afanaba cada día en una pequeña huerta de cultivo y se abastecía de las pieles que curtía de animales ya muertos. No causaba mal alguno. De cara a la administración, no existía. Jamás supo lo que era un carné de identidad, un recibo, un impuesto, ni gastos ni beneficios desconocedora del poder de la putrefacción con el que el dinero emponzoñaba a otras almas. Algunos creían que era un hada del bosque, otros una bruja que con malas artes espantaba a los curiosos, muchos otros ni sabían de su existencia. Nadie concebía que pudiera vivir así, pero Medeina experimentaba las mieles de la verdadera libertad y su existencia era dichosa.
Medeina vivía en perfecta armonía con la naturaleza. La respetaba y ella como justo pago le abastecía de todo lo que necesitara. Ese fue siempre el trato ancestral, hasta que el hombre y su codicia rompieron el acuerdo.
Sin embargo, el hombre es envidioso y ambiciona lo que otros disfrutan, sin reparar si quiera en un pequeño detalle. ¿Sería realmente feliz obteniendo lo que otros gozan? Ante la ignorancia humana, la envidia perversa se instaura en los corazones abrigando una única obsesión, la destrucción de lo que no se puede poseer y a su portador.
Muchos en la ciudad no veían con buenos ojos que no pagara impuestos, sin caer en la cuenta de que tampoco se beneficiaba del bien común que estos proporcionaban. Otros no consideraban justo que no fuera esclava de una hipoteca, sin reparar en que su único techo era la fría piedra de las cuevas de la montaña y así con cada servicio que ellos pagaban por su justo usufructo. ¿Por qué debía retribuir por unos servicios y unos privilegios que no disfrutaba?
Los habitantes de la ciudad no atendían a los sacrificios que Medeina realizaba para conseguir esa paz que dota al que no tiene remordimiento y no soportaban la libertad plena que reinaba en sus días.
El consistorio de la ciudad se lleno poco a poco de más y más quejas contra la loca de la montaña. El odio a su forma de vida se instauró en la ciudad. ¿Cómo podía existir una mujer que no viviera con las mismas obligaciones que el resto? ¡Era inconcebible! No se debía permitir.
Una mañana enviaron a un joven gendarme, alguacil, policía de barrio… ¡llamadlo como queráis! con una notificación en la que rezaba un primer aviso para abandonar la montaña, pues no tenía permiso del alcalde para vivir en ella, como si la ciudad y sus habitantes fueran dueños de montes, bosques, ríos o valles.
Medeina, aunque había aprendido a leer de niña, no supo interpretar lo que la nota decía, pues no comprendía qué mal causaba ella al resto del mundo. El joven alguacil tampoco comprendía qué pintaba él allí ante una joven hermosa, educada, generosa y buena que subsistía sin hacer ningún mal. ¿No sería más efectivo que estuviera patrullando la calles en busca de maleantes y ladrones? ¿Por qué le hacían perder el tiempo con aquella mujer?
El alguacil, al que llamaremos, Osanyin subía hasta la montaña cada mañana con una nueva amenaza por escrito, para bajar al atardecer con la misma negativa de la joven de abandonar su hogar.
Con los días se fueron conociendo al margen del motivo que los obligaba a verse a diario y poco a poco se fueron enamorando. Osanyin empezó a considerar la posibilidad de vivir con su amada en la montaña y desquitarse de todas sus obligaciones que lo único que conseguían era enriquecer al poderoso y vivir bajo el yugo de ilógicas imposiciones. Y así una tarde no regresó.
El alcalde de la ciudad que ostentaba una gran fortuna gracias a los impuestos de la ciudadanía por unas funciones en exceso sobrestimadas empezó a pensar que, si todos los ciudadanos reparaban en que podían vivir bien trabajando sus tierras, al margen del sistema y sin obligaciones tributarias acabaría por perder su subsistencia y su muy cómoda forma de vida.
De este modo reunió a los vecinos que más odiaban a la dama de la montaña, a los más ignorantes que se dejaban manipular y a aquellos que vivían con la indiferencia de quien no conoce la empatía y les convenció de que debían deshacerse de aquella horrible mujer cuya forma de vida era un insulto para el que trabajaba honradamente y pagaba sus impuestos. Y así todos, con el semblante del odio instaurado en sus corazones se echaron a la calle hacia la montaña.
Medeina y Osanyin estaban bañándose en el curso alto del río entre nutrias y peces con tal felicidad que no repararon en el gran peligro que les acechaba. Los ciudadanos enfurecidos se introdujeron en las frías y claras aguas del río y a palos mataron sin pudor a los dos amantes. Sacaron los cuerpos de la corriente y los abandonaron para ser pasto de alimañas carroñeras.
La ciudad recuperó la tranquilidad. Sin embargo, la sangre de Medeina y Osanyin contaminó las aguas que abastecían a la ciudad. Pronto justos y pecadores, niños, ancianos y mujeres empezaron a enfermar y a morir sin que el alcalde y sus acólitos averiguaran los motivos.
Pero el hombre siempre encuentra el modo de sobrevivir, cual cucarachas que pueblan todo el planeta al abrigo de la noche.
Los cuerpos de los dos enamorados se pudrieron en el ciclo natural de toda materia viva cuando le llega el deceso y la putrefacción abnegó las aguas limpias y subterráneas que regaban los campos de cultivo.
A la mañana siguiente la ciudad fue testigo de cómo los campos se habían convertido en tierra yerma. Los animales empezaron a morir de hambre y sin nada que comer una segunda plaga llegó a la ciudad. La hambruna volvió a acabar con la vida de los más débiles y de muchos inocentes.
La ciudad se quedó desierta, los pocos que sobrevivieron decidieron huir. Pero el alcalde atrapado en su avaricia no deseaba abandonar todas sus propiedades, tierras y casas. Y aún se quedó con algún que otro habitante más.
Sin nada que comer subió a la montaña con la esperanza de encontrar algo que echarse a la boca. Si Medeina había vivido largos años allí arriba, agua limpia y buena comida debía hallar. En el lugar donde dejaron los cuerpos tiempo atrás, encontró unos hermosos zarzales con unas ricas frutas del bosque brillantes y jugosas y se dispuso a comer con ansiedad. Fue tal el atracón que se sintió indispuesto y tras una horrible vomitona sintió tal ira por aquellos frutos que arremetió contra los hermosos barzales que le hubieran procurado algo que comer arrancando sus raíces y dejándolas morir.
Ante la incapacidad de asumir la responsabilidad de sus atroces actos que habían llevado a la ciudad a la ruina, la muerte, el dolor y el sufrimiento, la diosa naturaleza asestó un último golpe. Hizo temblar la tierra, la montaña se quebró, las aguas surgieron a raudales sin roca que las contuviera e inundó todo el valle dejando bajo sus aguas a toda la ciudad y los que aún permaneciesen en ella.
El cuerpo del alcalde se halló flotando días después sobre las aguas calmas de aquel nuevo lago. Y la naturaleza restauró el equilibrio por tantos años mancillado.

viernes, 15 de mayo de 2020

EL USURPADOR DE MENTES


EL USURPADOR DE MENTES
Cada día me sacaba más de quicio verlo allí sentado con el móvil en la mano haciendo caso omiso de lo que yo tuviera que decir. Quizá mi conversación fuera aburrida. Quizá mirarme a los ojos para escudriñar los pensamientos escondidos tras mis pupilas dejó de resultarle un misterio atractivo. La cuestión fue que con mayor frecuencia nuestras citas se fueron relegando a conversaciones vanas cada vez más aburridas.
Me di cuenta demasiado tarde de la realidad que soportaba aquel comportamiento que en primera instancia califiqué de mala educación.
Pero Marco no era así. No cuando nos conocimos.
Gustaba de apagar su dispositivo para que nadie de la empresa le molestara en su tiempo libre. Tampoco deseaba que ningún amigo le propusiera plan alguno, pues decía que el tiempo que me dedicaba debía ser exclusivamente para mí. Algo que, por supuesto, me enamoraba aún más.
Yo empecé a realizar la misma operación para que nuestros encuentros fueran íntimos y absolutamente nada ni nadie perturbara nuestro afer.
Dialogábamos absolutamente de todo. A tenor de darnos a conocer con lo más típico, que es empezar por aquello que te encanta y acabar por definir aquello que aborreces, pronto nos ensimismábamos en conversaciones más profundas donde se desgranaban sentimientos ocultos. Así pude averiguar muchas de sus tragedias y él supo también de mis heridas.
Éramos dos almas desnudándonos en medio de una terraza, entre arbustos ornamentales, bajo la sombra de un gran toldo y al deleite de un buen café o dos o más.
Llegó la cita importante. La que ansias con cada célula que te compone. La que te eriza la piel solo con imaginar cómo sería el primer roce fortuito, el primer acercamiento peligroso. La sensación de querer tragar saliva y que los nervios te lo impidan porque es tan grande el nudo en tu garganta que apenas si puedes articular palabra.
Ambos dilatábamos aquel encuentro tan esperado por vergüenza quizá, o tal vez que ambos de mutuo acuerdo y sin saber lo que el otro pensaba, coincidíamos en la sana intención de enamorarnos primero sin querer, para esperar con delicadeza lo que tuviera que ocurrir. Ese maravilloso dejarse ser y que todo fluya. Nunca lo sabré.
Pero aquella noche yo intuí que era la noche. Algo que no puedo explicar me lo chillaba. Tal vez porque inconscientemente llevábamos tiempo buscándolo y al final lo que tu mente maquina sin querer se termina por cumplir.
La velada fue maravillosa. No soy capaz de recordar gran cosa de aquella noche porque al primer contacto de sus labios en los míos perdí toda noción de la realidad. Y después llegó ese estallido de pasión tras ese beso que te arrebata la ropa y sucumbes a una excitación incontrolada.
Después los días se sucedían seductores y divertidos. No hallábamos el momento de volvernos a ver. Dos tontos enamorados que se regalan cada pensamiento del día.
Una tarde que nos citamos para al ir al teatro me contó emocionado que se había comprado un nuevo móvil. No entendí tanta expectación en un nuevo dispositivo que supuse que poseería mejores aplicaciones que el anterior. A tenor de aquello, no dejaba de ser un teléfono con el que poder recibir y realizar llamadas, pues nunca entendí que tuviera otro fin.
Siempre fui reticente a su uso desorbitado pues creo que nos roba un tiempo precioso para vivir, para reír, para compartir el mundo con los seres queridos. Quizá la rara en toda esta historia fuera yo.
Muy pronto aquel nuevo dispositivo ejerció una extraña influencia en mi amado que cada día atendía con menor interés a mis palabras y quedarme desnuda ante sus ojos ya no debía ser tan excitante como las gilipolleces que se estuvieran publicando en cualquier red social del momento.
Me estaba poniendo los cuernos con su móvil. Algo a todas luces absurdo. Pero poco a poco me fui desencantando y no vi venir la terrible realidad que lo amenazaba. Quizá hubiera podido salvarlo, pero entonces le resté importancia pues, ¿quién en este mundo de locos no es un esclavo de su puto móvil? No me resulto raro.
Una noche mientras yo leía en la cama, y él, recostado a mi lado, continuaba ensimismado con su nuevo móvil como de costumbre, sucedió algo increíblemente insólito que en aquel momento no pude interpretar.
Observé cómo pequeñas motas azul cobalto apenas perceptibles para el ojo humano se proyectaban desde el dispositivo hacia los ojos de mi amado, en un extraño haz luminoso, tenue y casi invisible. Pero pensé que sería la propia luz que emitía la pantalla de su móvil.
A la mañana siguiente vi con espanto que sus ojos estaban poco a poco cambiando de color y la expresión vivaz y humana de sus iris se mutaba en una mirada muerta y vacía.
Cuando llegué del trabajo por la tarde, comprobé con espanto que él no había cambiado siquiera de postura. Llevaba el pijama puesto, sin asear y ¡no había ido a trabajar! La bronca estalló en mitad del salón, pero él ya no me escuchaba. Sus ojos eran de un azul cobalto brillante, metálico y artificial. Todo resquicio de humanidad en aquel ser había desaparecido.
Empecé a llorar primero de rabia, después de dolor. Me dirigí hacia él y le arranqué el móvil de las manos para estamparlo contra la pared haciéndolo añicos. Pero ya era demasiado tarde. El usurpador de mentes ya lo poseía.
Se levantó lentamente y se dirigió a mí con los brazos extendidos y las manos abiertas. Cuando llegó adonde me hallaba me agarró con violencia del cuello y empezó a apretar tan fuerte que sentí cómo mis ojos acabarían por salirse de sus cuencas y el aire no llegaba a mis pulmones.
En medio de aquella agresión y en un desesperado intento por sobrevivir agarré una pesada figura de alabastro que ornamentaba la mesa y le golpeé con todas las fuerzas que aún me quedaban.
Cayó al suelo desplomado. De su cabeza abierta brotaba un reguero de sangre que pronto cubrió toda la tarima del salón. Horrorizada me agaché para auxiliarlo. En su última exhalación abrió los ojos, que milagrosamente habían recuperado su color natural y en un susurro ahogado dijo:
-          Gracias.