¡DUELE TANTO!
Viví
la fase del frenesí. Después llegó esa de la decepción, esta última parece que
se ha instaurado de forma perpetua. Pero yo continuo en la extraña y visceral
idea de insistir. Siempre quise entregarme, desnudarme sin quitarme la ropa y
que me vieran. ¡No es fácil! Con los años adquirí la habilidad de no juzgar e
intentar comprender en mis sentimientos a los demás; porque, aunque cada
individuo es único en su especie, todos sentimos igual. El amor nos arrebata,
nos hace bajar la guardia, caminamos por las calles con cara de bobos cuando
creemos que de nuevo anda llamando a nuestra puerta. Todos sentimos la misma
rabia cuando nos dañan, la misma ira cuando nos traicionan, el mismo desprecio
ante la mentira que edificó una vida ficticia que dimos por buena. Todos, todos
sentimos igual.
Después
inicié el camino de la aceptación y no volver a preguntarme el por qué, ese por
qué para el que no hayas respuestas que te introduce en un bucle de tristeza y
autocompasión que no te permite avanzar. En ese trayecto decidí quedarme sola.
No estaba lista para dar una oportunidad al amor y verlo de nuevo fracasar.
¡Fracaso! ¡Qué palabra más horrible! Ataca directamente a la esperanza, pues
sabes que, aunque pongas toda tu buena fe, tu sacrificio y buen hacer el
fracaso te recuerda que, aun haciendo todo eso con todas tus ganas y con toda
tu fortaleza, la victoria nunca está garantizada. El fracaso siempre llega para
recordárnoslo y a muchos arrebata el deseo de embarcarse, aun con miedo, antes
siquiera de empezar. El miedo a fracasar es la gran fuente que alimenta la
inacción.
Nunca
reparé en que, por cada intento en enamorar y enamorarme, por cada aventura en
la que quise dar todo lo mejor de mí, una nueva cicatriz profusa y que nunca
cierra cincelaba un corazón que se retroalimentaba de ilusión. Ésa
milagrosamente nunca la pierdo. Quizá sea la mayor fuente de energía que
poseemos el ser humano para no rendirnos. Digamos que mi corazón es un conjunto
maltrecho de mil pedazos sujetos entre sí con el celofán de la ilusión y la
esperanza. La fe en el futuro, en lo que está por venir y la expectación de que,
quizá, sea algo realmente bueno que desconocemos nos mantiene en pie caminando
sin descanso.
Cuando
por fin acepté que somos muchos los que deambulamos por la Tierra solos y sin
compañero, pero ¡uno de verdad!, no un sucedáneo de amante que va de amigo y
solo permanece un rato. ¡No! Hablo de ese compañero que se convierte en tu
mejor amigo y que te quiere con tu peor cara, con tu alarido más cruel porque
sabe que detrás del postureo de orgullo siempre aparece esa sonrisa tuya que
dice, “todo está bien”. Hablo de esa persona especial que no tiene miedo a tu
parte más oscura porque conoce perfectamente qué la provoca y de dónde surgió.
Hablo de ese ser caído de la estrella más brillante que llegó a tu vida para
colmarla de todo lo bueno que puedas imaginar. Hablo de ese amigo o amiga,
amante, compañero o compañera que obtiene de ti, sin que te percates, lo mismo
que te da y te convierte en la mejor versión de ti mismo que tú solo no
hubieras esculpido con tal maestría.
Sé
perfectamente lo que quiero. Así que dejé de vivir falacias de amor y me
proyecté en ser mejor de lo que podía, mientras esperaba su llegada. Y si no
llegara jamás, una nueva persona más enriquecida caminaría por el mundo obrando
bien, o al menos, con la honesta intención de intentarlo con todas mis ganas.
Cuando
di por perdida la carrera del amor apareció él. Y tal y como os digo me colmó de
una felicidad jamás sentida, me permitió desnudarme sin quitarme la ropa,
conoció mi parte más oscura y cuanto más me mostraba como soy sin prejuicio ni
miedo, más se enamoraba de mí, y yo de él. Y entonces lo supe. Mi búsqueda por
tantos años prolongada, por tanto tiempo postergada, había llegado a su fin.
Pero
la vida injusta poseía otros planes para nosotros. No entiendo por qué se te
concede la gloria por un instante para después arrebatártela. ¡Es de mala
inquina! ¡Es tener mala hostia! ¡Es joder por joder!
Y
de nuevo me hallo en la tesitura de volver o no a confiar en el amor que parece
que se me niega por capricho. Miro a mi alrededor y observo esperanzada cómo
hermosas personas a las que amo y admiro lo consiguieron, obraron el milagro de
dar con su persona; pero eso también me hace preguntarme por qué la felicidad
parece ser usufructo de otros, como si yo no la mereciera.
Sé
que debo arrancarme tanto amor que siento por ese amigo y amante que se fue
para dejar un pequeño hueco al que pudiera estar por llegar. He podido olvidar
a todos y cada uno de aquellos que un día quise porque me hirieron o
decepcionaron, pero ¿cómo olvidar a quien te cogió por la cintura y te llevó a
las estrellas? No quiero olvidarme de él, pero su recuerdo, la imposibilidad de
tenerlo a mi lado me está matando por dentro. Intento aprender del
agradecimiento porque al menos no moriré con la ignorancia de saberme amada y
de haber amado con total plenitud. Y aunque no cambiaría nada de lo vivido y
decidido hasta ahora reconozco que mi existencia en el presente es un océano de
frustración donde me ahogo porque ¡es tan injusto! Apenas hemos tenido tiempo
de disfrutarnos y ya lloro su perdida.
Y
me hallo en una nueva fase de la que no tengo pretéritas referencias. Un nuevo
aprendizaje que imagino hará de mí una mujer más fuerte y sabia. Pero por dios
¡Duele tanto!

Es brutalmente bonito y triste a la vez! Tiene mucha fuerza y sentimiento, y hará identificarse a muchas almas. Te felicito, un saludo.
ResponderEliminarMuchas gracias. Me animan mucho tus palabras. Y sí, espero que emocione a muchos. De nuevo, gracias. Un saludo
Eliminar