A medida que
transcurren los días me resulta inevitable intentar poner en un tablero todos
mis pensamientos y todos mis sentimientos para darles orden. Como un crisol
tornasolado de mil matices de un único color, se me enredan unos con otros en
una gigantesca trenza, que a su vez se retuerce sobre sí misma.
No puedo
volverme más loca, ¿o sí?
Sin embargo,
hay un pensamiento, una sensación, una intuición, una constante que se repite
en todos… pero no sé qué sustantivo utilizar, de entre el rico verbo de nuestra
lengua para definirlo, porque se me quedan pequeñas las palabras ante tal
inmensidad.
Así que ante
la dificultad de encontrar el vocablo perfecto que defina todo esto, voy a
intentar describírtelo lo mejor que sé.
Desde muy
jovencita sentí que la tierra que me vio crecer se me quedaba pequeña, el
colegio se me quedaba pequeño, el instituto se me quedaba pequeño. Pronto vi en
Madrid, en la Universidad y en sus posibilidades algo más grande, pero también
se me quedó pequeño.
La vida no me
ha permitido volar hasta el punto del cielo que me sabía capaz de conquistar. Y
poco a poco, el devenir de las tragedias fue mermando aquella sed de libertad.
Libertad que he protegido, que he defendido hasta optar por ver en la soledad la
única opción de salvaguardar tan increíble privilegio.
Para cuando la
vida me liberó de mi principal función, que yo misma decidí en detrimento de
mis sueños, que fue quedarme junto a quienes me otorgaron el regalo de la vida
hasta su partida, ya no supe hallar la forma de recuperar todo lo abandonado.
Toda mi vida
siempre he sentido la misma sensación de desapego. Nunca me quedo más de uno o
dos años en la misma casa, siempre siento que no debo arraigarme porque algo me
dice que no es mi lugar. He mudado mis pocas cosas a tantos lugares ni sé las veces…
siempre con la esperanza de hallar esa ancla que me devuelva a la tierra. Nunca
lo consigo, quizá me quiera sujetar a la tierra cuando la realidad, quizá sea
que mi medio es el cielo, no lo sé. Llevo años sintiendo que nada es lo
suficientemente grande como para sujetarme. Siempre sintiendo que algo más inmenso
que yo llegaría algún día para vincularme a algún lugar. Y es paradójico que un
alma errante como la mía, haya sentido pavor y pánico de marcharse sola a
probar suerte en otros lugares del país o incluso en el extranjero.
Quizá la
partida de mis padres me dejó tan debilitada que un hambre voraz por sentirme
cerca de la única familia que aún me queda me sirvió como sujeción durante un
tiempo.
Y aunque, más
calmada mi ansiedad por conquistar el sentido de mi vida que me hizo existir y
que aún intento descubrir con gran pasión, sigo sin dejar de experimentar ese
desapego. No sé cuál es su origen, solo que nació conmigo, y que ésta es la
primera vez que lo verbalizo y se lo muestro a alguien a pecho descubierto.
Pienso que
todo es posible en esta vida, y de verdad que creo fervientemente en los
milagros. Yo aún sigo esperando el mío. A veces me planteo que quizá sea yo
quien deba obrar ese milagro y, es por ello, que me he pasado la vida
intentándolo sin resultados. Siempre recorriendo un camino que no sentía mío,
siempre insatisfecha, consciente de que soy capaz de lograr todo lo que me
propongo, me quedo a mitad de sendero, porque en ese punto descubro con estupor
que no es mi verdadero trayecto. Y así, vuelvo a buscar otro, y a empezar de
nuevo. He empezado tantas veces de cero que ahora entenderás porque me procuro
tener lo menos posible. Tengo una maleta muy ligera esperando el momento de
cogerla y marchar junto con mi gorda. No poseo más que una gata de ocho
kilos, algo de ropa vieja y un montón de libros como mis únicos tesoros.
Tengo la
extraña sensación de que te estoy esperando, la sensación de que ya nos
conocimos en otro tiempo, en otro lugar. Tengo la increíble impresión de que,
aún con todo a mi favor para marcharme lejos, sin nada que dejar atrás, libre
para empezar de nuevo en cualquier lugar, algo extraño me retiene aún aquí,
algo que siempre interpreté como pereza o miedo. Y a medida que pasan los días me
pregunto, si eso extraño que me retiene eres tú. Si el destino me está anclando
a este lugar que aborrezco, porque de haberme marchado, jamás nos conoceremos.
El tiempo me
va a dar la razón. Solo tengo que dejar que transcurra caprichoso.
Es la primera
vez en mi vida que no quiero ir a ningún lugar mientras espero que vengas a
buscarme. Algo me dice que tardarás, pero que lo harás. Y esa desazón por
alejarme de esta tierra preciosa pero envenenada, ha desaparecido. Siento que
mi hogar reside en ti. Lo sé, es demasiado fuerte, es demasiado arriesgado y
osado lo que acabo de afirmar, pero es un hecho pese a quien pese.
Tengo un plan
B por si finalmente no pudieras venir a por mí, porque ya cuento con ello. De
no ser posible nuestro amor, de no ser posible cuidarte el resto de mi vida,
cogeré mis pocas cosas y me marcharé con el privilegio de llevarte de
estandarte. Pero siempre hallaré la forma de que sepas dónde encontrarme, con el
anhelo de que algún día la vida decidiera ponérnoslo fácil. Siempre te esperaré,
siempre. Al fin y al cabo, ahora sé que lo he estado haciendo toda mi vida,
ahora sé que, pase lo que pase, te pertenezco.




