Tumbado
a los pies de la cama de la señora Rodrigo se atusaba las patas con la pasmosa
tranquilidad de quien no cede a la prisa. Lamía sus mullidas patitas delanteras
y se restregaba la cara y los bigotes en unos movimientos circulares precisos y
bien definidos. Debía estar bien aseado para despedirse de la señora Rodrigo.
Con
el porte de una esfinge colosal y solemne aguardaba el momento de verla partir
en un haz de luz. Entonces habría llegado la hora de volver a marcharse, pero
solo entonces, ni un minuto antes, ni un minuto después. El instante era
imperativo y de una importancia vital.
Para
quienes no entienden el complejo mundo de las sombras ni su funcionamiento
aquel hecho, mal ejecutado, podría acarrear graves consecuencias para el
viajante y sus descendientes.
La
señora Rodrigo hacía unos minutos que había exhalado un resuello moribundo. ¡He
ahí la señal! Pensó el animal. ¡Reposaré a los pies de su cama hasta que emerja
el haz luminoso! Y así lo hizo. De repente un millón de motas de polvo
destellantes como purpurina plateada suspendidas en el aire saturaron la
estancia hasta desaparecer.
El
gato, con su impasibilidad acostumbrada, saltó del lecho y se dirigió hacia la
puerta principal que daba a la salida. No pudo determinar por cuánto tiempo se
demoró la asistencia, pero allí, como una figura inmutable de cerámica, sentado
sobre sus peludas patas traseras y meneando el profuso rabo blanco, observaba
el picaporte de la puerta a la espera de que algún leve movimiento le indicara
que iba a ser abierta inminentemente.
Caminaba
lento y majestuoso por la avenida cuando a lo lejos oyó el lamento quejumbroso
de los vivos cuando se despiden de los muertos. Inmutable prosiguió por las calles
cargadas del bullicio acostumbrado. Los viandantes deambulaban por las aceras esquivándose
entre sí, con cara de pocos amigos y mucho sueño, domeñados por un estrés que,
como un asesino sigiloso, les iba empequeñeciendo sin que repararan en sus
metódicas y tristes vidas. ¡Cómo el mundo no cambie pronto me va a desbordar el
trabajo! ¡Miauuuu! Se quejó, pero ni un solo humano se percató de su presencia.
Las
calzadas estaban abarrotadas de coches apilados expulsando un humo gris que le
provocaba una tos nerviosa y repetitiva fruto de la toxicidad. Emitían unos
sonidos redundantes y estridentes que el agudo oído felino no soportaba. Así que
vencido por el desastroso mundo urbano del ser humano decidió apresurar su
trote para llegar antes a su siguiente destino.
Vio
un pequeño ventanuco abierto y saltó para introducirse en el interior de la
nueva casa. Realizó el habitual reconocimiento de todo el nuevo domicilio como
el antediluviano ritual que llevaba, ni sabía el tiempo, practicando. Todo estaba
correcto y el olor agrío y avinagrado, imperceptible para el olfato humano,
empezaba a despedir sus primeros brotes aromáticos. No era un olor nauseabundo,
sino raro, antinatural, preludio de que la Gran Puerta pronto se abriría. Había
llegado por fin a su nuevo destino.
Se
acomodó en la habitación donde el olor parecía ser más intenso. Sobre la
mullida cama acolchada cubierta de un calentito nórdico con mil muñecos de
colores vivos y estridentes se quedó plácidamente dormido.
-
¡Izan! ¡No corras! Ya sabes lo que dijeron
los médicos.
-
¡Vale, Mamá! – contestó Izan mientras
corría hacia su cuarto haciendo caso omiso de la advertencia de Mamá.
Entró
como cien soldados aporrean el suelo con sus botas pesadas y contundentes. El gato
se despertó sobresaltado y emitiendo un maullido delicado y quejumbroso. Miró a
Izan y volvió a recostarse panza arriba moviendo las patitas delanteras como si
pedaleara sobre una bici imaginaria provocando una risa nerviosa en el niño.
-
¡Hay un precioso gatito en mi cama! ¡Mamá!
¿Es mío este gatito precioso? ¿Me lo puedo quedar? ¡Por fiiiiiii!
-
¡Un gato! ¿Cómo un gato? ¡Esto seguro que
es una ocurrencia de tu padre!
-
¿Me lo puedo quedar? ¿Sí?
-
Primero hablaremos con tu padre cuando regrese,
¿de acuerdo?
Izan
voló de nuevo a su habitación y enganchó al perezoso gato que ya se había
vuelto a dormir sobre su cama y lo estrujó contra su pecho en un abrazo de amor
que empalagaba tanto al animal que se retorcía y maullaba en vanos intentos de
zafarse de su nuevo dueño. ¡Este nuevo amo no me va a dejar vivir! ¡Miauuuu! Se
quejó el gato, pero ningún humano en toda la casa se percató de sus palabras.
Izan
ya se había envuelto entre el cálido nórdico de muñecos de colores estridentes
y vivos abrazado a su nuevo peludo amigo. Papá se retrasaba y su hora exacta de
ir a dormir nunca era una tediosa norma que pudiera incumplir alegremente. Pero
todavía no se había dormido, emocionado aún por los nervios de tener un gatito
como compañero, cuando a oyó a sus padres discutir entre susurros en un estúpido
esfuerzo por no despertarlo.
-
Yo no he comprado un gato. ¡Oh! ¡Vamos! Se
cuela un gato en casa y ¿la culpa es mía?
La
voz fuerte y grave de Papá se escuchaba perfectamente, pero no así la voz dulce
y melódica de Mamá, así que Izan solo atinaba a interpretar la conversación con
la mitad de la información.
-
Bueno, a lo mejor un animal en casa le
reporta algún beneficio. No hace ni cuatro horas que os encontrasteis con el
gato y ya se ha encariñado con él lo bastante como para decirle que no se lo
puede quedar. ¿Qué mal puede hacerle?
-
(susurros)
-
Sí, sí ya sé que al final su cuidado va a
ser otra carga para ti. Le diremos que solo podrá quedarse con él si se hace
cargo de sus cuidados.
-
(susurros)
-
¡Oh, Vamos! ¡Verónica! A Izan le hará muy feliz,
qué mejor regalo podríamos hacerle, ¡eh?
Los
días transcurrían alegres y divertidos para Izan y el gato que pronto desarrollaron
un vínculo muy especial. Las risas de Izan colmaban toda la casa de una
algarabía impropia de las nuevas circunstancias, así que, para sus padres,
aquel hecho era toda una bendición, un regalo caído de la estrella más brillante
y hermosa del negro infinito.
El
gato por su parte vivió aquellos días con gran calma, bien cuidado y muy bien
alimentado lamentaría profundamente tenerse que marchar pronto de aquel plácido
hogar. Aunque era arisco a la hora de expresar sus sentimientos no cabía duda
de que, contra todo pronóstico, se había encariñado profundamente con el niño.
Un
día, sin hallar explicación alguna a tan extraño hecho, Izan y sus padres desaparecieron
de la casa durante algunas jornadas indeterminadas. Se les olvidó dejarle comida
y limpiar las caquitas enterradas en la arena de la caja. Así que el gato se
vio obligado a salir cada noche, a cazar y a defecar, a la espera de que sus
nuevos dueños regresaran pronto.
Volvía
con los primeros albores de la madrugada cuando vio la luz del cuarto de Izan
encendida. Aquel hecho aceleró su majestuoso y vago caminar en un trote veloz,
como una bola de pelo blanco fugaz se plantó enseguida sobre el nórdico de
muñecos de colores estridentes y vivaces.
Izan
dormitaba tranquilo dentro de su lecho mullido y calentito. El gato anduvo por el
terreno acolchado con suma delicadeza y se hizo un ovillo tan cerca del niño
que escuchaba su pequeño corazón latir despacito.
A
lo lejos escuchó apesadumbrado el llanto silencioso de los padres de Izan. El momento
se acercaba con mayor celeridad de la que imaginó en primera instancia.
Tumbado
a los pies de la cama del niño Izan se atusaba las patas con la pasmosa
tranquilidad de quien no cede a la prisa. Lamía sus mullidas patitas delanteras
y se restregaba la cara y los bigotes en unos movimientos circulares precisos y
bien definidos. Debía estar bien aseado para despedirse del niño Izan.
Con
el porte de una esfinge colosal y solemne aguardaba el momento de verlo partir
en un haz de luz. De pronto un millar de motas plateadas se materializaron ante
sus ojos verdes cuyas pupilas se habían dilatado tanto que no dejaban apenas
espacio para aquellos preciosos iris esmeralda.
-
¡Hola Izan!
-
¡Hola Gato! ¿Te puedo escuchar? ¿Cómo es
que te puedo escuchar?
-
A veces justo antes de que se abra la Gran
Puerta me permiten despedirme del Viajero si ha resultado ser especial para mí.
-
¿Y yo he sido especial para ti?
-
¡Oh, sí, Izan! El más especial de todos.
-
¿Te quedarás hasta que me vaya?
-
¡Claro! Es por ello que estoy aquí. Esa es
mi función.
-
¿Cuál?
-
Soy el Pequeño Guardián de la Gran Puerta
y vigilo que las sombras tenebrosas no intenten raptar a los Seres de Luz.
-
¿Yo Soy un Ser de Luz?
-
Sí, Izan, eres el mejor Ser de Luz.
-
Creo que ya tengo que marcharme, Gato.
-
Sí, ya debes marcharte.
-
Te quiero mucho Pequeño Guardián de la
Gran Puerta.
-
Y yo a ti, Izan, el Gran Ser de Luz.
Caminaba
lento y majestuoso por la avenida cuando a lo lejos oyó el lamento quejumbroso
de los vivos cuando se despiden de los muertos. Inmutable prosiguió por las calles
cargadas del bullicio acostumbrado. Aquella vez sintió una extraña sensación
nunca experimentada, algo que pudo determinar como nostalgia, esa profunda añoranza
que se perpetua en un corazón cuando un ser querido se va.

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