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domingo, 17 de mayo de 2020

MEDEINA

MEDEINA

Medeina vivía recluida en las lejanas montañas donde nadie iba. Aquellas alejadas tierras soportaban demasiadas extrañas y misteriosas leyendas que ningún ciudadano de la ciudad deseaba descubrir. Desde los tiempos antiguos se decía que oscuros poderes moraban sus bosques.
Medeina ajena al capricho de la superchería vivía alejada del mundo cual los vetustos anacoretas que narraban los libros de historia. Sobrevivía del fuego y de lo que la naturaleza le regalara. Sin atisbo alguno de tecnología, al margen de toda ley, norma o precepto, se afanaba cada día en una pequeña huerta de cultivo y se abastecía de las pieles que curtía de animales ya muertos. No causaba mal alguno. De cara a la administración, no existía. Jamás supo lo que era un carné de identidad, un recibo, un impuesto, ni gastos ni beneficios desconocedora del poder de la putrefacción con el que el dinero emponzoñaba a otras almas. Algunos creían que era un hada del bosque, otros una bruja que con malas artes espantaba a los curiosos, muchos otros ni sabían de su existencia. Nadie concebía que pudiera vivir así, pero Medeina experimentaba las mieles de la verdadera libertad y su existencia era dichosa.
Medeina vivía en perfecta armonía con la naturaleza. La respetaba y ella como justo pago le abastecía de todo lo que necesitara. Ese fue siempre el trato ancestral, hasta que el hombre y su codicia rompieron el acuerdo.
Sin embargo, el hombre es envidioso y ambiciona lo que otros disfrutan, sin reparar si quiera en un pequeño detalle. ¿Sería realmente feliz obteniendo lo que otros gozan? Ante la ignorancia humana, la envidia perversa se instaura en los corazones abrigando una única obsesión, la destrucción de lo que no se puede poseer y a su portador.
Muchos en la ciudad no veían con buenos ojos que no pagara impuestos, sin caer en la cuenta de que tampoco se beneficiaba del bien común que estos proporcionaban. Otros no consideraban justo que no fuera esclava de una hipoteca, sin reparar en que su único techo era la fría piedra de las cuevas de la montaña y así con cada servicio que ellos pagaban por su justo usufructo. ¿Por qué debía retribuir por unos servicios y unos privilegios que no disfrutaba?
Los habitantes de la ciudad no atendían a los sacrificios que Medeina realizaba para conseguir esa paz que dota al que no tiene remordimiento y no soportaban la libertad plena que reinaba en sus días.
El consistorio de la ciudad se lleno poco a poco de más y más quejas contra la loca de la montaña. El odio a su forma de vida se instauró en la ciudad. ¿Cómo podía existir una mujer que no viviera con las mismas obligaciones que el resto? ¡Era inconcebible! No se debía permitir.
Una mañana enviaron a un joven gendarme, alguacil, policía de barrio… ¡llamadlo como queráis! con una notificación en la que rezaba un primer aviso para abandonar la montaña, pues no tenía permiso del alcalde para vivir en ella, como si la ciudad y sus habitantes fueran dueños de montes, bosques, ríos o valles.
Medeina, aunque había aprendido a leer de niña, no supo interpretar lo que la nota decía, pues no comprendía qué mal causaba ella al resto del mundo. El joven alguacil tampoco comprendía qué pintaba él allí ante una joven hermosa, educada, generosa y buena que subsistía sin hacer ningún mal. ¿No sería más efectivo que estuviera patrullando la calles en busca de maleantes y ladrones? ¿Por qué le hacían perder el tiempo con aquella mujer?
El alguacil, al que llamaremos, Osanyin subía hasta la montaña cada mañana con una nueva amenaza por escrito, para bajar al atardecer con la misma negativa de la joven de abandonar su hogar.
Con los días se fueron conociendo al margen del motivo que los obligaba a verse a diario y poco a poco se fueron enamorando. Osanyin empezó a considerar la posibilidad de vivir con su amada en la montaña y desquitarse de todas sus obligaciones que lo único que conseguían era enriquecer al poderoso y vivir bajo el yugo de ilógicas imposiciones. Y así una tarde no regresó.
El alcalde de la ciudad que ostentaba una gran fortuna gracias a los impuestos de la ciudadanía por unas funciones en exceso sobrestimadas empezó a pensar que, si todos los ciudadanos reparaban en que podían vivir bien trabajando sus tierras, al margen del sistema y sin obligaciones tributarias acabaría por perder su subsistencia y su muy cómoda forma de vida.
De este modo reunió a los vecinos que más odiaban a la dama de la montaña, a los más ignorantes que se dejaban manipular y a aquellos que vivían con la indiferencia de quien no conoce la empatía y les convenció de que debían deshacerse de aquella horrible mujer cuya forma de vida era un insulto para el que trabajaba honradamente y pagaba sus impuestos. Y así todos, con el semblante del odio instaurado en sus corazones se echaron a la calle hacia la montaña.
Medeina y Osanyin estaban bañándose en el curso alto del río entre nutrias y peces con tal felicidad que no repararon en el gran peligro que les acechaba. Los ciudadanos enfurecidos se introdujeron en las frías y claras aguas del río y a palos mataron sin pudor a los dos amantes. Sacaron los cuerpos de la corriente y los abandonaron para ser pasto de alimañas carroñeras.
La ciudad recuperó la tranquilidad. Sin embargo, la sangre de Medeina y Osanyin contaminó las aguas que abastecían a la ciudad. Pronto justos y pecadores, niños, ancianos y mujeres empezaron a enfermar y a morir sin que el alcalde y sus acólitos averiguaran los motivos.
Pero el hombre siempre encuentra el modo de sobrevivir, cual cucarachas que pueblan todo el planeta al abrigo de la noche.
Los cuerpos de los dos enamorados se pudrieron en el ciclo natural de toda materia viva cuando le llega el deceso y la putrefacción abnegó las aguas limpias y subterráneas que regaban los campos de cultivo.
A la mañana siguiente la ciudad fue testigo de cómo los campos se habían convertido en tierra yerma. Los animales empezaron a morir de hambre y sin nada que comer una segunda plaga llegó a la ciudad. La hambruna volvió a acabar con la vida de los más débiles y de muchos inocentes.
La ciudad se quedó desierta, los pocos que sobrevivieron decidieron huir. Pero el alcalde atrapado en su avaricia no deseaba abandonar todas sus propiedades, tierras y casas. Y aún se quedó con algún que otro habitante más.
Sin nada que comer subió a la montaña con la esperanza de encontrar algo que echarse a la boca. Si Medeina había vivido largos años allí arriba, agua limpia y buena comida debía hallar. En el lugar donde dejaron los cuerpos tiempo atrás, encontró unos hermosos zarzales con unas ricas frutas del bosque brillantes y jugosas y se dispuso a comer con ansiedad. Fue tal el atracón que se sintió indispuesto y tras una horrible vomitona sintió tal ira por aquellos frutos que arremetió contra los hermosos barzales que le hubieran procurado algo que comer arrancando sus raíces y dejándolas morir.
Ante la incapacidad de asumir la responsabilidad de sus atroces actos que habían llevado a la ciudad a la ruina, la muerte, el dolor y el sufrimiento, la diosa naturaleza asestó un último golpe. Hizo temblar la tierra, la montaña se quebró, las aguas surgieron a raudales sin roca que las contuviera e inundó todo el valle dejando bajo sus aguas a toda la ciudad y los que aún permaneciesen en ella.
El cuerpo del alcalde se halló flotando días después sobre las aguas calmas de aquel nuevo lago. Y la naturaleza restauró el equilibrio por tantos años mancillado.

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