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miércoles, 27 de mayo de 2020

CARTA AL AMOR EXTRAÑO


A medida que transcurren los días me resulta inevitable intentar poner en un tablero todos mis pensamientos y todos mis sentimientos para darles orden. Como un crisol tornasolado de mil matices de un único color, se me enredan unos con otros en una gigantesca trenza, que a su vez se retuerce sobre sí misma.
No puedo volverme más loca, ¿o sí?
Sin embargo, hay un pensamiento, una sensación, una intuición, una constante que se repite en todos… pero no sé qué sustantivo utilizar, de entre el rico verbo de nuestra lengua para definirlo, porque se me quedan pequeñas las palabras ante tal inmensidad.
Así que ante la dificultad de encontrar el vocablo perfecto que defina todo esto, voy a intentar describírtelo lo mejor que sé.
Desde muy jovencita sentí que la tierra que me vio crecer se me quedaba pequeña, el colegio se me quedaba pequeño, el instituto se me quedaba pequeño. Pronto vi en Madrid, en la Universidad y en sus posibilidades algo más grande, pero también se me quedó pequeño.
La vida no me ha permitido volar hasta el punto del cielo que me sabía capaz de conquistar. Y poco a poco, el devenir de las tragedias fue mermando aquella sed de libertad. Libertad que he protegido, que he defendido hasta optar por ver en la soledad la única opción de salvaguardar tan increíble privilegio.
Para cuando la vida me liberó de mi principal función, que yo misma decidí en detrimento de mis sueños, que fue quedarme junto a quienes me otorgaron el regalo de la vida hasta su partida, ya no supe hallar la forma de recuperar todo lo abandonado.
Toda mi vida siempre he sentido la misma sensación de desapego. Nunca me quedo más de uno o dos años en la misma casa, siempre siento que no debo arraigarme porque algo me dice que no es mi lugar. He mudado mis pocas cosas a tantos lugares ni sé las veces… siempre con la esperanza de hallar esa ancla que me devuelva a la tierra. Nunca lo consigo, quizá me quiera sujetar a la tierra cuando la realidad, quizá sea que mi medio es el cielo, no lo sé. Llevo años sintiendo que nada es lo suficientemente grande como para sujetarme. Siempre sintiendo que algo más inmenso que yo llegaría algún día para vincularme a algún lugar. Y es paradójico que un alma errante como la mía, haya sentido pavor y pánico de marcharse sola a probar suerte en otros lugares del país o incluso en el extranjero.
Quizá la partida de mis padres me dejó tan debilitada que un hambre voraz por sentirme cerca de la única familia que aún me queda me sirvió como sujeción durante un tiempo.
Y aunque, más calmada mi ansiedad por conquistar el sentido de mi vida que me hizo existir y que aún intento descubrir con gran pasión, sigo sin dejar de experimentar ese desapego. No sé cuál es su origen, solo que nació conmigo, y que ésta es la primera vez que lo verbalizo y se lo muestro a alguien a pecho descubierto.
Pienso que todo es posible en esta vida, y de verdad que creo fervientemente en los milagros. Yo aún sigo esperando el mío. A veces me planteo que quizá sea yo quien deba obrar ese milagro y, es por ello, que me he pasado la vida intentándolo sin resultados. Siempre recorriendo un camino que no sentía mío, siempre insatisfecha, consciente de que soy capaz de lograr todo lo que me propongo, me quedo a mitad de sendero, porque en ese punto descubro con estupor que no es mi verdadero trayecto. Y así, vuelvo a buscar otro, y a empezar de nuevo. He empezado tantas veces de cero que ahora entenderás porque me procuro tener lo menos posible. Tengo una maleta muy ligera esperando el momento de cogerla y marchar junto con mi gorda. No poseo más que una gata de ocho kilos, algo de ropa vieja y un montón de libros como mis únicos tesoros.
Tengo la extraña sensación de que te estoy esperando, la sensación de que ya nos conocimos en otro tiempo, en otro lugar. Tengo la increíble impresión de que, aún con todo a mi favor para marcharme lejos, sin nada que dejar atrás, libre para empezar de nuevo en cualquier lugar, algo extraño me retiene aún aquí, algo que siempre interpreté como pereza o miedo. Y a medida que pasan los días me pregunto, si eso extraño que me retiene eres tú. Si el destino me está anclando a este lugar que aborrezco, porque de haberme marchado, jamás nos conoceremos.
El tiempo me va a dar la razón. Solo tengo que dejar que transcurra caprichoso.
Es la primera vez en mi vida que no quiero ir a ningún lugar mientras espero que vengas a buscarme. Algo me dice que tardarás, pero que lo harás. Y esa desazón por alejarme de esta tierra preciosa pero envenenada, ha desaparecido. Siento que mi hogar reside en ti. Lo sé, es demasiado fuerte, es demasiado arriesgado y osado lo que acabo de afirmar, pero es un hecho pese a quien pese.
Tengo un plan B por si finalmente no pudieras venir a por mí, porque ya cuento con ello. De no ser posible nuestro amor, de no ser posible cuidarte el resto de mi vida, cogeré mis pocas cosas y me marcharé con el privilegio de llevarte de estandarte. Pero siempre hallaré la forma de que sepas dónde encontrarme, con el anhelo de que algún día la vida decidiera ponérnoslo fácil. Siempre te esperaré, siempre. Al fin y al cabo, ahora sé que lo he estado haciendo toda mi vida, ahora sé que, pase lo que pase, te pertenezco.





sábado, 23 de mayo de 2020

EL PEQUEÑO GUARDIÁN DE LA GRAN PUERTA


Tumbado a los pies de la cama de la señora Rodrigo se atusaba las patas con la pasmosa tranquilidad de quien no cede a la prisa. Lamía sus mullidas patitas delanteras y se restregaba la cara y los bigotes en unos movimientos circulares precisos y bien definidos. Debía estar bien aseado para despedirse de la señora Rodrigo.
Con el porte de una esfinge colosal y solemne aguardaba el momento de verla partir en un haz de luz. Entonces habría llegado la hora de volver a marcharse, pero solo entonces, ni un minuto antes, ni un minuto después. El instante era imperativo y de una importancia vital.
Para quienes no entienden el complejo mundo de las sombras ni su funcionamiento aquel hecho, mal ejecutado, podría acarrear graves consecuencias para el viajante y sus descendientes.
La señora Rodrigo hacía unos minutos que había exhalado un resuello moribundo. ¡He ahí la señal! Pensó el animal. ¡Reposaré a los pies de su cama hasta que emerja el haz luminoso! Y así lo hizo. De repente un millón de motas de polvo destellantes como purpurina plateada suspendidas en el aire saturaron la estancia hasta desaparecer.
El gato, con su impasibilidad acostumbrada, saltó del lecho y se dirigió hacia la puerta principal que daba a la salida. No pudo determinar por cuánto tiempo se demoró la asistencia, pero allí, como una figura inmutable de cerámica, sentado sobre sus peludas patas traseras y meneando el profuso rabo blanco, observaba el picaporte de la puerta a la espera de que algún leve movimiento le indicara que iba a ser abierta inminentemente.
Caminaba lento y majestuoso por la avenida cuando a lo lejos oyó el lamento quejumbroso de los vivos cuando se despiden de los muertos. Inmutable prosiguió por las calles cargadas del bullicio acostumbrado. Los viandantes deambulaban por las aceras esquivándose entre sí, con cara de pocos amigos y mucho sueño, domeñados por un estrés que, como un asesino sigiloso, les iba empequeñeciendo sin que repararan en sus metódicas y tristes vidas. ¡Cómo el mundo no cambie pronto me va a desbordar el trabajo! ¡Miauuuu! Se quejó, pero ni un solo humano se percató de su presencia.
Las calzadas estaban abarrotadas de coches apilados expulsando un humo gris que le provocaba una tos nerviosa y repetitiva fruto de la toxicidad. Emitían unos sonidos redundantes y estridentes que el agudo oído felino no soportaba. Así que vencido por el desastroso mundo urbano del ser humano decidió apresurar su trote para llegar antes a su siguiente destino.
Vio un pequeño ventanuco abierto y saltó para introducirse en el interior de la nueva casa. Realizó el habitual reconocimiento de todo el nuevo domicilio como el antediluviano ritual que llevaba, ni sabía el tiempo, practicando. Todo estaba correcto y el olor agrío y avinagrado, imperceptible para el olfato humano, empezaba a despedir sus primeros brotes aromáticos. No era un olor nauseabundo, sino raro, antinatural, preludio de que la Gran Puerta pronto se abriría. Había llegado por fin a su nuevo destino.
Se acomodó en la habitación donde el olor parecía ser más intenso. Sobre la mullida cama acolchada cubierta de un calentito nórdico con mil muñecos de colores vivos y estridentes se quedó plácidamente dormido.
-          ¡Izan! ¡No corras! Ya sabes lo que dijeron los médicos.
-          ¡Vale, Mamá! – contestó Izan mientras corría hacia su cuarto haciendo caso omiso de la advertencia de Mamá.
Entró como cien soldados aporrean el suelo con sus botas pesadas y contundentes. El gato se despertó sobresaltado y emitiendo un maullido delicado y quejumbroso. Miró a Izan y volvió a recostarse panza arriba moviendo las patitas delanteras como si pedaleara sobre una bici imaginaria provocando una risa nerviosa en el niño.
-          ¡Hay un precioso gatito en mi cama! ¡Mamá! ¿Es mío este gatito precioso? ¿Me lo puedo quedar? ¡Por fiiiiiii!
-          ¡Un gato! ¿Cómo un gato? ¡Esto seguro que es una ocurrencia de tu padre!
-          ¿Me lo puedo quedar? ¿Sí?
-          Primero hablaremos con tu padre cuando regrese, ¿de acuerdo?
Izan voló de nuevo a su habitación y enganchó al perezoso gato que ya se había vuelto a dormir sobre su cama y lo estrujó contra su pecho en un abrazo de amor que empalagaba tanto al animal que se retorcía y maullaba en vanos intentos de zafarse de su nuevo dueño. ¡Este nuevo amo no me va a dejar vivir! ¡Miauuuu! Se quejó el gato, pero ningún humano en toda la casa se percató de sus palabras.
Izan ya se había envuelto entre el cálido nórdico de muñecos de colores estridentes y vivos abrazado a su nuevo peludo amigo. Papá se retrasaba y su hora exacta de ir a dormir nunca era una tediosa norma que pudiera incumplir alegremente. Pero todavía no se había dormido, emocionado aún por los nervios de tener un gatito como compañero, cuando a oyó a sus padres discutir entre susurros en un estúpido esfuerzo por no despertarlo.
-          Yo no he comprado un gato. ¡Oh! ¡Vamos! Se cuela un gato en casa y ¿la culpa es mía?
La voz fuerte y grave de Papá se escuchaba perfectamente, pero no así la voz dulce y melódica de Mamá, así que Izan solo atinaba a interpretar la conversación con la mitad de la información.
-          Bueno, a lo mejor un animal en casa le reporta algún beneficio. No hace ni cuatro horas que os encontrasteis con el gato y ya se ha encariñado con él lo bastante como para decirle que no se lo puede quedar. ¿Qué mal puede hacerle?
-          (susurros)
-          Sí, sí ya sé que al final su cuidado va a ser otra carga para ti. Le diremos que solo podrá quedarse con él si se hace cargo de sus cuidados.
-          (susurros)
-          ¡Oh, Vamos! ¡Verónica! A Izan le hará muy feliz, qué mejor regalo podríamos hacerle, ¡eh?
Los días transcurrían alegres y divertidos para Izan y el gato que pronto desarrollaron un vínculo muy especial. Las risas de Izan colmaban toda la casa de una algarabía impropia de las nuevas circunstancias, así que, para sus padres, aquel hecho era toda una bendición, un regalo caído de la estrella más brillante y hermosa del negro infinito.
El gato por su parte vivió aquellos días con gran calma, bien cuidado y muy bien alimentado lamentaría profundamente tenerse que marchar pronto de aquel plácido hogar. Aunque era arisco a la hora de expresar sus sentimientos no cabía duda de que, contra todo pronóstico, se había encariñado profundamente con el niño.
Un día, sin hallar explicación alguna a tan extraño hecho, Izan y sus padres desaparecieron de la casa durante algunas jornadas indeterminadas. Se les olvidó dejarle comida y limpiar las caquitas enterradas en la arena de la caja. Así que el gato se vio obligado a salir cada noche, a cazar y a defecar, a la espera de que sus nuevos dueños regresaran pronto.
Volvía con los primeros albores de la madrugada cuando vio la luz del cuarto de Izan encendida. Aquel hecho aceleró su majestuoso y vago caminar en un trote veloz, como una bola de pelo blanco fugaz se plantó enseguida sobre el nórdico de muñecos de colores estridentes y vivaces.
Izan dormitaba tranquilo dentro de su lecho mullido y calentito. El gato anduvo por el terreno acolchado con suma delicadeza y se hizo un ovillo tan cerca del niño que escuchaba su pequeño corazón latir despacito.
A lo lejos escuchó apesadumbrado el llanto silencioso de los padres de Izan. El momento se acercaba con mayor celeridad de la que imaginó en primera instancia.
Tumbado a los pies de la cama del niño Izan se atusaba las patas con la pasmosa tranquilidad de quien no cede a la prisa. Lamía sus mullidas patitas delanteras y se restregaba la cara y los bigotes en unos movimientos circulares precisos y bien definidos. Debía estar bien aseado para despedirse del niño Izan.
Con el porte de una esfinge colosal y solemne aguardaba el momento de verlo partir en un haz de luz. De pronto un millar de motas plateadas se materializaron ante sus ojos verdes cuyas pupilas se habían dilatado tanto que no dejaban apenas espacio para aquellos preciosos iris esmeralda.
-          ¡Hola Izan!
-          ¡Hola Gato! ¿Te puedo escuchar? ¿Cómo es que te puedo escuchar?
-          A veces justo antes de que se abra la Gran Puerta me permiten despedirme del Viajero si ha resultado ser especial para mí.
-          ¿Y yo he sido especial para ti?
-          ¡Oh, sí, Izan! El más especial de todos.
-          ¿Te quedarás hasta que me vaya?
-          ¡Claro! Es por ello que estoy aquí. Esa es mi función.
-          ¿Cuál?
-          Soy el Pequeño Guardián de la Gran Puerta y vigilo que las sombras tenebrosas no intenten raptar a los Seres de Luz.
-          ¿Yo Soy un Ser de Luz?
-          Sí, Izan, eres el mejor Ser de Luz.
-          Creo que ya tengo que marcharme, Gato.
-          Sí, ya debes marcharte.
-          Te quiero mucho Pequeño Guardián de la Gran Puerta.
-          Y yo a ti, Izan, el Gran Ser de Luz.
Caminaba lento y majestuoso por la avenida cuando a lo lejos oyó el lamento quejumbroso de los vivos cuando se despiden de los muertos. Inmutable prosiguió por las calles cargadas del bullicio acostumbrado. Aquella vez sintió una extraña sensación nunca experimentada, algo que pudo determinar como nostalgia, esa profunda añoranza que se perpetua en un corazón cuando un ser querido se va.